Juntarnos para florecer: abejas nativas, resiliencia y fuerza de la raíz
Por Dra. Yorlis Luna Delgado


Después lo enviaron a una cárcel migratoria en Guatemala. Cuando ya casi cumplía año y medio de encierro, les pidieron que, para poder salir, debían asumir ellos mismos los gastos de su regreso: viajar en avión, por Copa, directo a Nicaragua, y entregar el comprobante antes de salir. La angustia se hacía eco en sus pensamientos cada vez que otro latinoamericano se iba a su casa y ellos se quedaban. Ahí compartía el tiempo con otro hermano nicaragüense, con quien planificaba el regreso al hogar. En ese encierro, las horas se volvían días y los días se volvían meses; el tiempo parecía infinito, y un solo deseo les inundaba la mente: salir, volver a casa, comer la comida típica --como la sopa de pescado-, comer lo propio, lo cotidiano, lo sencillo. Tan simple como sentir el aire de la libertad.
Durante este tiempo, su familia y su pareja estuvieron angustiadas, buscando ayuda de aquí para allá y tocando puertas. Finalmente encontraron apoyo de diferentes organizaciones: Canticle Farm, el Movimiento Interreligioso por la Integridad Humana, Abejas sin Fronteras y la Red Nicaragüense de Meliponicultura, quienes no dudaron en activar redes de solidaridad en Guatemala, llamando a la cárcel migratoria para resolver el regreso a casa de los dos hermanos. Al recibir la noticia de su regreso digno, los dos hermanos nicaragüenses sintieron un profundo compromiso y gratitud hacia las redes guardianas de abejas nativas, y lo expresaron con un sentir muy propio:
"las abejas nativas les dieron la libertad."
Al regresar a Nicaragua, la familia, la comunidad y las amistades los recibieron con gozo y alegría. Pero llegar a casa no fue el fin, sino el inicio de nuevos planes y proyectos de vida. El primero fue volver a la finca y sembrar de todo: recuperar y diversificar los cultivos. Después de esa experiencia de vida, con el trabajo, la tierra y el agua, sintió que la agroecología y el territorio son medicina; que comer lo que uno mismo produce es una vida que no se cambia por nada. Regresar es un trabajo que no termina: es un proceso constante de recuperar la confianza en el territorio.
Hoy don Lino vive en su territorio: siembra la tierra, diversifica su pequeña finca, pesca, cuida el agua, tiene ganadería menor, animales de patio, siembras forestales y cuenta con una colmena que lo recibe con amor. Se está capacitando con la Red Nicaragüense de Meliponicultura en el manejo de cacaotales, abejas nativas y plantas medicinales, y sobre todo, se está reconociendo a sí mismo como un líder indispensable en su territorio. Es la voz que les recuerda a las personas, en su propio idioma miskito, el poder de la tierra: que la tierra es sanación, y que el trabajo, la agroecología y las abejas nativas son guías en el camino de permanecer en el territorio con dignidad.
Don Lino y su familia son un ejemplo de resiliencia y de recuperación de la dignidad de las personas y de la tierra, en medio de un contexto hostil. Son personas que siguen haciendo historia, un ejemplo en su comunidad: luchan en su propia tierra, luchan por una finca mejor, por una familia unida y por recuperar los saberes ancestrales sobre las abejas nativas. Chit chit (Tetragonisca angustula), Nasmatara (Melipona beecheii) y Usus (Scaptotrigona mexicana) son algunos de los nombres locales de estas abejas indígenas, cuya miel ha sido usada por generaciones por los curanderos miskitos para el posparto y para aliviar dolencias físicas y espirituales. Su padre es un gran maestro, sabedor de la medicina de la tierra, las plantas medicinales y las abejas; y ahora don Lino sigue sus pasos, rescatando la tierra y la medicina tradicional indígena del pueblo miskito.
Ellos y ellas no están solos en este caminar; cuentan con mucha gente guardiana de las abejas, de la Red de Meliponicultura, quienes saben que el camino ancestral no es lo viejo ni lo anticuado, sino el presente: la memoria viva que nos hará sobrevivir con dignidad en este momento histórico de la humanidad.
A don Lino ya no le cuentan cuentos: él se fue, supo lo que es migrar, lo que es vivir fuera del territorio, sintió en carne viva el desprecio de un sistema que vive de la mano de obra migrante pero que la odia. Y regresó. Regresó lleno de dignidad y sabiduría, más fuerte que nunca, para cuidar, guiar, liderar y educar a su pueblo; regresó como testimonio vivo y como un guerrero que sabe cuidar y guiar la tierra. Los vínculos que nos sanan no los puede romper ningún decreto fascista antiinmigrante, ni la pasividad, ni la discriminación, ni el odio.
Permanecer en la comunidad, amar la tierra, cuidar la dignidad humana y la esperanza es una decisión, y también una necedad. Cada día, el amor y la solidaridad resisten y se resignifican en la vida con el territorio y sus guardianes: las abejas nativas, las plantas, el agua y todos sus seres. La dignidad se siente trabajando, sudando el territorio, sintiendo el territorio y sintiendo toda la memoria que resguarda cada pedacito de tierra. La historia de Lino y su familia es la historia de la resiliencia, de cómo la vida cotidiana está cargada de una fuerza espiritual que va más allá de las fronteras. También demuestra la manera en que los vínculos sanan profundamente: los vínculos con la tierra, con el agua y con el territorio. Frente al odio, endulzamos la vida con miel de abejas nativas, con memoria viva y calor humano, auténtico, sanador y necio. Los vínculos, las redes y los tejidos son el sostén que nos permite florecer desde la memoria y el amor.
Hoy quiero reflexionar sobre la fuerza de la raíz que nutre el caminar y la memoria de los pueblos. Quiero contar la historia de resiliencia de una familia migrante, específicamente de una familia miskita de la costa caribe de Nicaragua. La historia que voy a compartir representa la de miles de personas que se reconfiguran a sí mismas, ayudadas por la tierra, para recrear nuevas existencias desde la memoria ancestral, el trabajo y el amor.
Lino llevaba tres años como migrante indocumentado en California. Dos años antes había vivido el duelo de perder a su esposa en plena pandemia, justo en el parto de su hija, a causa del covid. En medio del dolor, decidió arriesgarse por un futuro mejor y partió con la meta de reunir dinero para construir una iglesia para su comunidad y mejorar las condiciones de vida de su familia. Primero pasó por México, donde sacó una cédula falsa y trabajó día y noche para pagar las deudas del viaje. Luego logró cruzar la frontera, y tras un año de trabajo decidió traer también a su hermano, su pareja y su hijo. Pero en el camino fueron secuestrados por coyotes; él logró liberarlos pagando una gran suma de dinero por el rescate, y los coyotes los dejaron tirados, sin documentos. En ese entonces, Lino trabajaba en una bodega de Tesla, donde el jefe --un hombre colombiano- se enteró de la situación y, por ser Lino un buen trabajador, le prestó dinero.
Luego de mucho trabajo, logró pagar todas sus deudas, esforzándose en cualquier oficio que apareciera. Justo cuando estaba rehaciendo su vida y empezaba a sentirse establecido en el país, le llegó una cita de migración. Se presentó, firmó, y ahí le dijeron que ya no podía irse: lo encerraron y lo enviaron a Arizona, donde estuvo siete meses; luego lo trasladaron a otro estado. En esas cárceles descubrió la crueldad no solo del encierro, sino también del sistema alimentario. Él nos cuenta:
"las cárceles son feas; puedes cocinar cualquier cosa, pero para comer, alguien tiene que pagar de afuera."


Agosto de 2026
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