Las abejas que estaban, pero no mirábamos




Agosto de 2026
NODO SUDESTE
Un territorio donde se aprende a producir de otra manera
La agroecología del sureste tiene una trayectoria propia. Sus antecedentes pueden encontrarse en las prácticas campesinas desarrolladas desde los años ochenta en Nueva Guinea, en un contexto marcado por la guerra y por la necesidad de producir y permanecer en el territorio. En 1998, la conformación de Sano y Salvo permitió fortalecer una propuesta más integral, donde producción, árboles, suelo, agua y biodiversidad formaban parte de una misma visión.
Durante los años 2000 y 2010 también se desarrollaron procesos importantes alrededor del cacao orgánico y la conformación de cooperativas y espacios de articulación territorial. Posteriormente, en 2018, el Colectivo Agroecológico del Sureste reunió personas provenientes de diferentes experiencias, conocimientos y formas de relacionarse con las plantas, los animales y el territorio. La trayectoria de Sano y Salvo continuó también hacia la Iniciativa Eco Agrícola del Sureste.
En el sureste de Nicaragua particularmente en comunidades de Río San Juan, Nueva Guinea, El Rama y Bluefields, diversas familias campesinas han venido construyendo experiencias vinculadas con la agroecología, la producción diversificada y la conservación de la biodiversidad. Son experiencias que nacen en un territorio amplio y disperso, donde cada familia ha ido construyendo sus propias formas de relacionarse con la tierra, las plantas, los animales y el bosque, mientras comparte con otras personas conocimientos y aprendizajes que poco a poco han ido tejiendo una historia común.
Es también un territorio marcado por las largas distancias. Las familias se encuentran dispersas, los medios de transporte pueden ser limitados y costosos y la comercialización de productos no tradicionales como miel, cacao, clavo de olor, curcuma, vainilla, raicilla, pimienta o jengibre representa un desafío. En medio de estas condiciones, la organización y el intercambio han sido importantes para sostener procesos que buscan producir sin separar la agricultura de la vida que existe alrededor de ella.
Una memoria hecha de miel, árboles y abejas
Las abejas no eran desconocidas para las familias campesinas del sureste. Formaban parte de sus recuerdos, de los bosques, de los árboles y de las parcelas. Las personas mayores podían reconocerlas por sus nombres y recordar dónde las encontraron. Lo que parece haber cambiado con el tiempo no es necesariamente su presencia, sino la manera de relacionarse con ellas.
La memoria recogida en estos testimonios tampoco permite afirmar que históricamente hubiera menos abejas en el sureste que en otras regiones. Esa percepción puede abrir preguntas ecológicas que todavía requieren investigación. Lo que sí muestran los relatos es que existía un conocimiento campesino sobre las abejas, aunque asociado principalmente a la extracción de miel y no necesariamente a la conservación de las colonias. Cuando la colonia estaba dentro de un árbol, algunas personas lo derribaban para extraer la miel. Después, la colonia podría quedar abandonada. Como recuerda el testimonio
Uno de los testimonios recuerda ese período con una frase que resume aquella relación: “Al principio, cuando normalmente uno empezaba, la ambición era la miel y nada más. Se saqueaba la colonia y no le importaba a uno nada de lo que fuera.”
La práctica no necesariamente respondía a una intención de destruir. Era la manera en que se entendía y aprovechaba ese recurso con los conocimientos disponibles en aquel momento. La miel se utilizaba principalmente para el consumo familiar y, cuando había suficiente, podía venderse. También se reconocía su valor medicinal. Las colonias podían encontrarse en troncos y árboles vivos, pero el interés estaba puesto fundamentalmente en obtener la miel. En esa época se conocían diferentes tipos de abejas. Entre los nombres que permanecen en la memoria aparecen la tacaníte, jicote cacao, mariola, bravito y tamagá. Se encontraban en troncos y también en árboles vivos. Es decir, conocer a una abeja no significaba necesariamente saber cómo protegerla. Otro testimonio conserva una memoria semejante desde la infancia. Recuerda que en la finca de su padre existían bambusales donde había mariolas y que las abejas más conocidas eran precisamente la mariola y la Apis mellifera. La mayoría de las colonias se encontraban en bambú y, en menor medida, en trozos de madera.
La práctica era sencilla: “Antes la sacábamos a la fuerza, la comíamos y la dejábamos tirada.”
La miel tenía principalmente un uso familiar y medicinal. El recuerdo también establece una diferencia con la experiencia vivida en Boaco, donde, según su percepción, las abejas con aguijón eran más comunes y la mariola menos frecuente. Un tercer testimonio amplía todavía más esta memoria. Recuerda haber conocido mariolas, bravitos, chichiguas, alas de fuego, tacanites, jicote cacao, jicote congo, catarrán, limoncillo, congas y tamagás. Casi siempre las encontraba en árboles y huecos.
Pero también recuerda una práctica que hoy observa de manera diferente: “Tumbábamos el árbol para sacar la miel y dejábamos los nidos desprotegidos y abandonados a la intemperie.”
Las abejas formaban parte de la vida campesina, pero no necesariamente eran consideradas seres que debían ser manejados y protegidos. La miel podría ser alimento o medicina, mientras la colonia quedaba en segundo plano. El cambio comenzó cuando aparecieron nuevos espacios de aprendizaje.
Cuando aprender cambió la manera de mirar
Todos los testimonios identifican su primer acercamiento a estos conocimientos en un taller realizado en La Finca La Esperancita, después de participar en un taller de sobre crianza de abejas meliponas en Nueva Guinea. A partir de entonces comenzó a cambiar la relación. “Ahora ya no las destruimos. Al contrario, las cuido y utilizo métodos adecuados para protegerlas.”
Otro lo expresa de manera todavía más sencilla:
“Ahora más bien las cuido.”
El cambio no consistió solamente en aprender a sacar miel de una caja. Significó comenzar a preguntarse qué necesita una colonia para vivir, cómo protegerla, cómo reproducirla y qué condiciones debe tener la finca para sostenerla. Una de las personas entrevistadas señala también la importancia de evitar pesticidas y agroquímicos. Así, el cuidado de una colonia comenzó a modificar también la manera de mirar la parcela.
Una planta que antes podía considerarse una maleza puede adquirir otro significado cuando se descubre que alimenta a las abejas. Un árbol deja de ser solamente madera o sombra y puede convertirse en refugio. Una flor pasa a formar parte de una relación entre abejas, plantas, producción y biodiversidad. Las abejas estaban allí. Lo que comenzó a cambiar fue nuestra mirada. Aprender nos motivó a aprender más, realizamos alianzas como grupo comunitario con la Universidad Nacional Autónoma de Nicaragua para identificar especies nativas no sociales, que no producen miel, y recolectamos por nosotros mismos especies, diseñamos nuestro estudio y llevamos las abejas al laboratorio, nuestro esfuerzo condujo a identificar dos nuevas especies de abejas para Nicaragua. Este trabajo nos permitió ser más conscientes de la diversidad de abejas más allá de la miel, las abejas solitarias y del bosque tropical, asimismo identificamos las flores donde las abejas llegan.
Un mismo zumbido entre territorios
La incorporación de las abejas a estos procesos todavía es reciente y sigue siendo pequeña. Pero en un territorio donde las familias están dispersas y donde encontrarse puede significar recorrer largas distancias, las abejas han generado nuevos espacios de intercambio.
La Red Nicaragüense de Meliponicultura ha permitido conectar experiencias, compartir conocimientos y aprender de quienes trabajan con abejas en diferentes comunidades y territorios. No todas las familias tienen las mismas especies, las mismas condiciones ni los mismos sistemas productivos, pero existe una preocupación común por proteger las colonias y los espacios que hacen posible su vida.
Hay abejas que se cuidan en una parcela de Río San Juan y otras que encuentran protección en territorios diferentes. Hay personas que producen cacao, otras que trabajan vainilla, pimienta, raicilla o cultivos de patio. Son experiencias distintas que comienzan a encontrarse alrededor de una misma preocupación: las abejas nativas. Y quizás ahí se encuentra una de las mayores fortalezas de este proceso.
Las abejas nos han permitido encontrarnos. Nos han llevado a compartir conocimientos, a observar juntos, a reconocer plantas y a valorar formas de vida que antes podían pasar desapercibidas. Sus vuelos son diferentes, sus especies son diferentes, sus territorios son diferentes, pero parecen zumbar sobre un mismo sentido: la solidaridad, el cuidado y un amor profundo por las diferentes formas de vida que hacen posible nuestros territorios.
En un contexto donde producir agro ecológicamente y comercializar sigue siendo difícil, donde las distancias separan a las comunidades y donde muchas veces los problemas cotidianos, locales y globales generan incertidumbre, estos pequeños espacios de encuentro adquieren otro significado.
Una colmena nativa protegida puede parecer una acción mínima. Una planta conservada, un árbol que no se derriba, una persona que aprende o una familia que comparte sus conocimientos también pueden parecer acciones pequeñas. Pero juntas construyen relaciones y significados para la vida.
Seguir cuidando la vida
Las abejas no llegaron recientemente al sureste. Tampoco comenzaron a existir cuando apareció la meliponicultura. Ya estaban allí. Lo que cambió fue nuestra capacidad para observarlas y comprender que detrás de una pequeña colonia existe una compleja relación entre plantas, árboles, flores, alimentos, biodiversidad y territorio. Hoy seguimos aprendiendo. Seguimos cuidando colmenas, observando las abejas, identificando plantas, compartiendo conocimientos y participando en espacios que nos permiten encontrarnos. Y quizás eso sea lo que las abejas nos han dado además de miel: fortalezas, alianzas y motivos para continuar.
En un mundo donde a veces la desesperanza parece tomar cada vez más espacio, seguir cuidando una colonia, sembrar una planta, proteger un árbol, aprender de otra persona o encontrarnos con otros meliponicultores puede parecer poco. Pero son pequeñas acciones que expresan una decisión: seguir cuidando la vida.
De este lado del país continuaremos haciéndolo. Seguiremos observando, aprendiendo, cuidando y tratando de comprender a estas pequeñas habitantes de nuestros territorios. Porque quizás las abejas que durante tanto tiempo estuvieron allí y no mirábamos hoy nos están enseñando también a mirarnos entre nosotros: a reconocer nuestros conocimientos, a construir alianzas y a entender que la resistencia también puede comenzar con algo tan pequeño como proteger una colmena y dejar que la vida continúe.


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